Un pibe menos, el mío | La Poderosa
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Un pibe menos, el mío



 
 
* Por Mamerto Salvatierra,
papá de Nahuel, asesinado por la Policía Salteña.

Puedo contarlo yo, claro, pero bien podría hacerlo cualquiera de mis vecinos: todos saben quién era mi hijo. Un chango valiente, sano y bueno. Un fanático de River. Veíamos juntos cada partido y sus gritos de gol rajaban la tierra. De hecho, cuando perdía, apagaba la tele resignado y se iba a charlar con los amigos. Yo siempre luché para que pudiera estudiar y para que no debiera salir a trabajar, porque conozco bien cómo se siente la explotación laboral. Y no quería eso para Nahuel.

Hoy tengo una herida que me atraviesa el pecho y no va a cicatrizar jamás, porque me desgraciaron para toda la vida. Con apenas 17 años, me lo mataron el miércoles 3 de enero por la noche, acá, en el barrio Solidaridad. Estábamos tomando mate, cuando salió a devolver 30 pesos que le habían prestado para jugar a la pelota, pero sólo llegó hasta la esquina. Ahí nomás, apareció una moto con los oficiales Juan Carlos Cardozo y Emilio Gastón Aguilera, ambos uniformados, pero fuera de servicio, para interpelar a todo su grupo. Prepotentes, con el arma reglamentaria en la mano, los amenazaron con meterles un tiro a cada uno, si no se dispersaban de ahí, como en tantas otras oportunidades. Pero cansado de los atropellos cotidianos, esta vez mi hijo no se calló: “Dale, metémelo”, respondió, sin imaginar que las bestias tuvieran semejante tamaño. Cuando los changos comenzaron a irse, el cabo Cardozo gatilló. Y sí, le pegó un tiro en la cabeza, por atrás, a sangre fría, a la vuelta de mi casa.

No escuché cuando dispararon.
Pero sentí la bala en mi pecho, cuando me notificaron.

Nahuel ya había sufrido la arbitrariedad de las Fuerzas de Seguridad, que suelen amedrentar a los chicos del barrio o incluso detenerlos sin ninguna justificación, sólo para lastimarlos. Y aunque suene increíble, aun después de su asesinato, siguen operando con la misma impunidad: el domingo siguiente, cuando sus amigos se reunieron para construir una grutita en su memoria, fueron reprimidos por esa misma policía criminal que combate todo tipo de organización barrial.

Necesitaba calmarme y, por eso, esperé unos días para decir estas palabras, pero la fiscalía que lleva adelante el caso ya solicitó la prisión preventiva para los dos oficiales implicados. Silenciosamente, quisieron imponernos un defensor público, porque el Estado busca desconocer sus propias prácticas, pero nosotros optamos por un abogado de confianza, para poder lograr un juicio justo. Pues hoy siento la obligación de gritar hasta que haya justicia, para ponerles por fin un freno, para que mi chango pueda descansar en paz y para que no haya un pibe menos, nunca más.

 

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