«LA CAZA BLANCA» | La Poderosa


No por casualidad, hay panelistas rubios, morochos, altos, bajos, flacos, gordos, judíos, católicos, heterosexuales, homosexuales, buenos, malos, intelectuales, mediáticos, carnívoros, vegetarianos, jóvenes, viejos, lindos, feos, asalariados y millonarios. Panelistas pobres, no hay. Conductores pobres, no hay. Editorialistas pobres, no hay. Y qué pena, porque suelen ser los más ricos.

 

Por alguna furiosa razón, parecemos haber naturalizado que cualquier Hombre de Neanderthal con cinco minutos de aire comprimido puede apuntar a nuestras vecinas por «tener un hijo para cobrar un plan», a sabiendas del eco inacabable que detonan las pelotudeces en la caverna de la televisión. Pues aun sobre los dobleces progresistas de la caja, que no es ninguna boba, asoman respuestas sesudas de celebridades sensibles y antagónicas, inexorablemente enclavadas en la misma condición socioeconómica, la única con voz, voto y micrófono.

 

Hasta que un día, un planificado día, un inevitable día, un supermercado día, salta sobre la mesa de tu casa cualquier ignorante vestido de traje, con doble apellido y un fascismo que no tiene nombre. Y de la mesa, salta al banco. Y del banco, salta a las universidades, cazando a los cazadores de su tramposa realidad. Porque no, no sólo perdemos los pobres, las negras, los villeros, las indígenas, cuando los coleccionistas de distraídos salen a tirar por los barrios, con silenciosos dardos mediáticos, envenenando al sentido común y matando a una raza humana, en peligro de extinción.

 

Nadie gana, cuando cientos de niños pierden la vida, ni cuando miles de mujeres pierden la voz, ni cuando millones de almas pierden el rostro. Ni cuando todos juntos perdemos conciencia, atrapados en el guión del progreso y la civilización, editando las leyes de la selva, para que Garfunkel quede arriba del león. Pero fíjense bien, cazafantasmas, porque mañana bien puede suceder que otros niños y niñas sin nombre, como los nuestros, pero los suyos, como los villeros, pero con plata, como los descalzos, pero con rollers, también se vuelvan «animalitos salvajes», como esos que descubrió González Fraga, explorando silvestres pasillos, mediante el google map. Y entonces, tal vez algún otro noble cazador pueda pensar que corresponde matarlos, enjaularlos, domesticarlos o bancarizarlos. Nuestros hijos tienen nombre. Tienen rostro. Tienen voz. Y tienen ojos.

 

Miralos.

 

Quizá sí, pecan de cierto salvajismo.

 
Pero calma, mejor guarden el miedo para el neoliberalismo.

 

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