Hablemos de zapatos | La Poderosa
Una utopía
Una construcción social
Un colectivo de vecinos anónimos
Una lucha complementaria de las propuestas partidarias populares
Una estrategia de concientización y politización
Un compromiso para el fortalecimiento comunitario
Un espacio para la integración y articulación de los distintos actores del campo popular
Un movimiento revolucionario latinoamericano, para la batalla de ideas, con la moto del Che y por la luz del faro cubano
Rodrigo Bueno »

Hablemos de zapatos



Hoy, este 9 de marzo tan extraño, este 9 de marzo que atrasa un año, este 9 de marzo tachado con aerosol, cuando esté por caer el sol, cuando esté por hacerse mierda, mirá las agujas girando para la izquierda, porque el reloj parece ir para atrás, mientras esperás ansiosa, nerviosa, la hora de volver. Y sí, ya lo querés ver, porque ahí radica tu privilegio, verlo llegar del colegio, caminando con los pies que le engendraste y cargando la mochila que le compraste, con los valores que le inculcaste, para jugar con el gato que adoptaste, cuando no te alcanzaba la guita que te quedó, para esa flautita que te pidió. Agradecido, porque conocía los límites del salario, empezó a cursar el secundario lleno de esperanza, pero vos estás ahí, laburando de maestranza y convencida de poderlo ayudar: total, te queda toda la vida para poderlo abrazar. Ahora, ¡qué ganas de escuchar ese timbre de una buena vez! Bueno, timbre no, porque no tenés, pero al menos de verlo abrir la puerta y permitir que la deje abierta para darte un abrazo fenomenal, antes de tirar el delantal, en una cuenta que sólo se salda cuando viene a sonarte la espalda. ¡Basta, babosa! A otra cosa, sin chistar, que el pibe todavía no volvió de estudiar. Pero cómo no imaginarlo, en este mismo momento, volviendo contento, corriendo y sonriendo, antes de agarrar su abrigo, para salir a jugar con su felino amigo… Calma, madre del alma, que el reloj está avanzando. Pero pará. Pará.

Tu teléfono está sonando.

Hola, ¿qué?, hola, ¡qué! Cuál pozo, qué casa, qué coso, qué pasa. ¡Que se cayó al pozo! Que quiso salvar al gatito, que ahí escucharon el grito, que sigue ahí abajo, ¡que se cayó, carajo! Y corre, tu hija corre, llorando, gritando por toda la barriada. Te vas, volás a un taxi desesperada, mientras pensás, pensás, pensás, en ese puto pozo ciego que hiciste tiempo atrás. ¿Cómo mierda pudo pasar? Y en qué momento lo ibas a tapar, si cargando cemento no te dejaban entrar. ¿Pero cuánto falta chofer? Sabés sin saber que todos tus vecinos van a estar, que nunca lo van a soltar. Y sí, están ahí, como ustedes, todos trepados a las paredes, rogando que resuelvan este gran disparate, que los milicos dejen de tomar mate, para ayudarlo, ¡para salvarlo! Ya está, ya estás, ya llegás. ¿Y los oficiales? “Están para impedir el ingreso de materiales”. Pareciera darles lo mismo. Pero vos rogás, suplicás, que llamen al SAME ya mismo, ¡llamen al Servicio de emergencia! Por favor, ¡es una urgencia! No hay señal. Recién llama un prefecto, al final. Y los bomberos te gritan, los oímos, “corra, señora, corra, que la seguimos”. Y ahí viene, sí, por fin viene una ambulancia que estaciona a mucha distancia del pozo, porque “bueno, ahí es peligroso”… No pasa. No pasó. Se ahogó.

“Tu nene, se ahogó”.

No sabés el motivo. Se lo llevan al Argerich y te invitan a ir en colectivo, justo cuando deja de ser peligroso ese preciso lugar: la Policía Criminalística sí puede entrar. Y entonces, otros descansan en paz. Tu hijo no está más. Se ahogó. Todo el mundo se ahogó. Tu mundo, en un solo segundo, murió. Y el delantal está ahí, colgado. Por lo demás, varios meses más, el pozo seguirá destapado. Se ahogó, a los 13 años se hundió en la mierda que nos vendieron, entre discursos baratos y alguna promesa escurridiza, que enterró por allá a la ley de urbanización.

¿Y?

¿Cómo te fueron los zapatos que utiliza la mamá de Gastón?



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