24 marzo, 2016
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“CARTA ABIERTA A LOS DESAPARECEDORES”

* Por la familia Huirimilla, que espera a Ezequiel desde 2010.

De nuestro hijo, que tenía 18 años, no tenemos noticias, ni su estado, ni su paradero, ni su recorrido, desde el 12 de abril de 2010. Sólo tenemos sus últimas palabras:

“¡Voy y vuelvo! Espérenme acá”.

Pues bien, acá seguimos, esperándolo, como todos sus amigos de la placita. Tenía un ojo morado ese día, por los golpes que le dio un policía afuera de “Don Pepe”, el conocido multirubro de la ciudad, donde se juntan los pibes luego del boliche. “Te vamos a hacer boleta”, le dijo el oficial. Pero a nosotros, no.

A nosotros, la Policía nos pidió que esperáramos 48 horas.

No dijeron que serían 48 meses. Pero como el amor de una familia no entiende los tiempos de la burocracia institucional, salimos igual. Buscamos por la plaza, por la costanera del Río Grande, por todos lados. Y hasta Fabián, su hermano, debió armar una lanza para poder buscarlo en un pozón de la costa, cerca del barrio Perón, junto a su amigo, el Chucky Andrade. Pero no, no lo encontraron.

Y 5 meses después, el Chucky apareció asesinado.

Tras dos días de búsqueda infructuosa, encontraron “casualmente” el celular de Ezequiel al costado del río, justito en el mismo lugar que habíamos recorrido una y otra vez. Ahí tenía mensajes con varias amenazas, incluida la de un policía, cuya única explicación fue que se trató de “una travesura” de su hijo…

Un mes más tarde, la causa fue elevada a juicio y tomada por el juez Héctor Ochoa, quien decidió realizar un simulacro con un muñeco arrojado al río, con el fin de caratular la causa como “suicidio”. Una burla, pero encima una burla absurda, porque al otro día el muñeco apareció en las costas, como debió haber aparecido nuestro negrito. O sea: no comprobaron nada y la investigación quedó archivada.

Pero no, el dolor no termina ahí. Hace poco más de un año, nuestra nieta Nicole Ojeda, que estaba en la panza de Valeria cuando Ezequiel desapareció, fue violada y brutalmente asesinada por la pareja de su mamá, Elías Cata Cata, un milico dado de baja por no querer trasladarse a otra ciudad. Una vez detenido, lo sacaron de la comisaría disfrazado de bombero, pero aun así, resultó condenado a cadena perpetua.

Entonces hoy, a 40 años del último golpe de Estado, nosotros no podemos mirar para otro lado, ni caratular como “desgracia” estas “fallitas” de la democracia: la gorra sigue zarpándose día a día, en toda Tierra del Fuego. Y sí, son tan comunes los apremios ilegales, como la persecución psicológica o los palos a los pibes a la salida de los boliches, donde la Policía suele decirles eso que nunca informa la prensa amarilla: “Portate bien, o te va a pasar lo mismo que al Huirimilla”.

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