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Bien plantada, la Negra impuso respeto, estuvo ahí, copando la ranchada en Finochietto y Tacuarí, porque la historia puede perder la retina, pero la memoria de esa esquina se la aguanta cada semana, contra todo lo que sale. ¿Que no? Hoy volvió a gritar la garganta de Ana Ale, esa periodista que dejó la vida para que no hubiera una Comisión Interna prohibida, “un corazón andante, de una fortaleza impresionante”, según las palabras de su propio compañero, otro tipo al que no pudieron comprar con el dinero mensual, ni con ningún otro monto. No pudieron con ese tal Pablo Llonto, que partió a contramano y la trajo de la mano desde el ayer, para recordar “cómo luchó por la Comisión de la Mujer”, sin perder la ternura, ni esa locura que envidian los cuerdos. Pues no se sorprendan si los acuerdos se van por las ramas, cuando les quieran cambiar recuerdos por regalos, “porque Clarín te despide con telegramas y si no te despide con palos”. No querían que gritara más, unos 10 años atrás, cuando el cáncer se puso a trabajar para la patronal, sin imaginar que le iría igual de mal: ninguno de los dos, con ninguno de sus modos, ha podido callarla. Y ahora ya saben todos dónde encontrarla.

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