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«Arturito»



Arturito... Allá, donde todos ven la Copa, el tipo está viendo a su vieja lavando ropa. Y acá, donde todos recuerdan a la gente que los bancó, se clava en el día que su viejo lo abandonó. Mucho antes de tirar sus primeros caños, cuando apenas tenía 5 años de edad, la responsabilidad le pegó el grito y lo arrancó de la plaza: “Bien chiquito, ya era el hombre de la casa”. Alta amargura, a poco de largar la mamadera, debió estar a la altura de una madre lavandera, que no daba a basto con los enanos: “Tenía que ayudar, para que comieran mis hermanos”. Con ese peso infernal, Arturo Vidal fue nombrado capitán de la leche y el pan, mucho antes de ser futbolista o de soñar una gesta mundialista, en esa batalla que valió la pena, más allá de la selección chilena: “Viví triste por el abandono de mi padre y sufriendo por mi madre, hasta que un día decidí que no podía seguir así”. Gambeteando la soledad, encontró una fuente de libertad refrescante, adentro de un potrero, donde se volvió jugador, defensor, volante y delantero, hasta saltar al fútbol profesional, con la chapa de “polifuncional” que le sirvió para abrir la puerta de entrada: “Después de pasarla tan mal, nunca más le temí a nada”. Sin foto, ni grabación, porque la FIFA nos amenaza con “la cancelación de la acreditación”, pudimos traspasar el alambre: “Sí, España se cruzó a un equipo con hambre y esa victoria nos alegró un montón, pero no me puso contento que se fuera el campeón”. Tan frontal como gentil, frente a dos o frente a mil, hace oídos sordos en la previa contra Brasil, porque también se siente local: «Yo quiero ganar el Mundial». Abriéndose caminos, tras las huellas de técnicos argentinos, absorbió fútbol del Bichi Borghi, del Loco Bielsa y de Jorge Sampaoli también, tres maestros que le enseñaron a pasarla bien, desde abajo, con pasión y sin cobardía: “Me inculcaron trabajo, concentración y alegría”. Por esa vía, acelerando bien fuerte todos sus motores, venció a la suerte y al diagnóstico de los doctores, tras escuchar que una lesión en los meniscos le impediría llegar: “Yo siempre supe que lo iba a jugar”. ¿Qué se puede agregar? “Que todos ustedes no dejen de luchar”.

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