Ni luz, ni cámara, acción | La Poderosa
Latiroide', editorial desordenada »

Ni luz, ni cámara, acción



Ni luz, ni cámara, acción.Ni blancos, ni radiantes. Ni novias del cuarto poder, ni amantes del poder en cuatro. De pronto, ofrecen plata, fama y prestigio, para acabarnos en cámara, para volvernos actores de sus noticieros pornográficos, violando una y mil veces a la cultura villera, devenida siempre en un blanco vulnerable, un blanco iluminado, un blanco conocido. Pero no. Acá nos tienen. Cada día más negros, más anónimos, más mases. Con todas sus fuerzas, nos quieren arriar allí, a las arenas movedizas de sus estudios sin estudio, de sus programas sin programa, de sus luces sin luz. Y no pueden, no han podido, ni podrán. Desde el origen del movimiento poderoso que incubó esta revista, todos sus hombros, sus manos, sus garras, han guardado una relación distante y esquiva con los medios hegemónicos, que siempre representan la misma mitad. Sólo así, La Poderosa ha logrado convertirse en una fuerza social, combativa de la lógica perversa de las orgas noventosas, que despliegan sobre ficticios escenarios territoriales su magnífico caudal publicitario y financiero, estímulos materiales otorgados por “aliados estratégicos”, a cambio de no mirar más allá. Grandes multinacionales del internacionalismo especulativo han lavado de ese modo sus billetes y sus prontuarios, decretando “socios” a distintos actores del campo popu¬lar que, enceguecidos por algún brillante, aceptaron el papel de mesías en una obra escrita por los mismos directores que promocionan las papeleras o explotan tierras mapuches concedidas por Pinochet. Nadie, en nuestro colectivo, ni vos, ni yo, vale más que nuestra identidad colectiva, la única a la vanguardia de la histórica resistencia villera y la revista de su inapelable cultura.

Durante siete años, La Poderosa alumbró con trabajo comunitario y financiamiento genuino infinitos espacios de educación popular, cooperativas, talleres y asambleas autónomas articuladas entre sí, desde un presente patero que ha fermentado un futuro posible, pisoteando los impo¬sibles de un pasado voraz. Manos a la obra, gotas al barro, conciencia al fuego, miradas al mar y hasta patas a la nieve, presuntamente reservada para otros, son solo algunas de las postales de nuestro poder, el poder popular. Anónimos todos, burlando la cooptación comercial, partidaria y personalista, no sólo hemos impedido que presentaran a la fuerza del pueblo como el producto de una mano asistencialista, sino también que la sobreexposición de un conductor opacara la potencia del colectivo. No resulta tan asombroso como perverso, que los íconos televisables del capital moralista hayan pasado por alto esos múltiples logros, hasta que el fragor de nuestro crecimiento perturbó sus culos celulíticos, con su ruido y su movimiento. Ni el gatillo fácil que se llevó a Luisito, ni la exclusión que se llevó a Kevin, ni el SAME que jamás se llevó a Humberto y Pascual, lograron inquietar a los medios tanto como nuestro escrache a los civiles cómplices de la dictadura, el 24 de marzo. Sólo entonces, se preocupó Tomás Abraham por este grupo “fantasmal”. Y Morales Solá, por esta “agrupación ultra K”. Y Sarlo, por esta banda “virulenta, estilo Quebracho”. Y Mariano Grondona, por esta “intolerancia”. Y a decir verdad, un poco nos preocupaba que todos esos gusanos no estuvieran preocupados.

Ahora, tranquilos y “prensados”, andamos recorriendo radios y diarios como “miembros de La Poderosa”, sin exponer nombres, ni caras, ante sus cámaras y sus análisis reduccionistas, que vagamente toman la lucha de miles para banalizarla con música y efectos, volviéndonos protagonistas de una película, que no tiene ni un villero entre sus guionistas. Varios productores no pueden aceptarlo. Varios conductores no pueden entenderlo. Y es lógico. Si realmente compren¬dieran nuestra identidad compartida, seguramente comprenderían también la necesidad de saber urgente cómo se llaman “Felipe” y “Marcela”.

Nuestro movimiento elige renunciar a ese 0,1 por ciento de notoriedad audiovisual que ofrece el circo televisado, para aplastarnos luego con el 99,99 por ciento de su zapatilla fascista. Y entonces ellos eligen estigmatizarnos, como si estuviéramos escondidos, o como si no hubieran podido encontrarnos los compañeros de Radio Nacional, Canal 7, Telesur, Víctor Hugo, Galeano, Zaiat, Aliverti, Wainraich, Tognetti, Fernández Moores, Llonto, Fabbri, Anguita, Galende, Carlitos Rodríguez, Damián Pussetto, La Tribu, Mu y tantos otros que defienden esta plataforma popular. Mucho más fácil resulta acceder a un referente de La Poderosa que entrevistarse con Mitre o Noble, ciudadanos prófugos de su propio show, cuyo paradero por supuesto no desvela a sus esbirros asalariados. Podrían encontrarnos y, hasta si quisieran, escucharnos. Pero no. Sólo quieren llevarnos ahí, a los terruños de sus publicidades, donde no gobiernan elegidos por el pueblo, sino por los grandes cerebrotenientes de la economía que nos ha sumergido en la miseria.

Desde La Garganta, estamos comunicados miles de poderosos de todas las villas, desafiando a las voces calificadas del imperio descalificador. Y aquí sí, nuestros periodistas villeros firman con su apellido, afianzando la propia subjetividad desde una cooperativa, donde todos los firmantes fueron designados por sus asambleas, para elevar sus voces como individuos y sujetos críticos, sin tomar a cambio la representatividad del colectivo, que apenas firma este editorial y sigue reservando su derecho a la unidad.

Ya probado por ese monstruo de mil cabezas que hicimos asomar en la última Carrera de Miguel, nosotros somos locales acá, en la villa, en la calle y en el campo popular, sin importar cuántas topadoras vengan por delante, porque tenemos bien claro cuántos compañeros tenemos por detrás. Sin padrinos, ni auspiciantes, seguimos resistiéndonos a la dependencia económica y a la exposición individualista, para no ceder la independencia política, ni la causa socialista.

Sigan buscando entonces blancos conocidos, para enmarcarlos en las figuritas del Billiken. Por aquí, no los encontrarán. Porque nosotros no somos eso que venden. Somos estos, que no compran. Y que luchamos así, como esos “Juanes de la Ciudad” que señala La Mona. Así, como esos laburantes que resisten sin pedir un atril cada primero de mayo. Y así, como esos negros que murieron yendo al frente, en aquella revolución que apenas le guardó un pedacito de fama para la Negra Tomasa, vendiendo empanadas. Así, justito así, como todos ellos, queremos quedar en la historia todos nosotros, los jóvenes de cualquier edad, los desenterrados de cualquier tierra y los negros de cualquier color, que empujamos desde el barro, mientras nos llenamos los pulmones con el caño de escape de este colectivo villero, que no se para, ni se paga, ni se apaga. Dirán, mejor, que no somos nadie, para no temer que seamos todos. ¿Seremos? Tienen miedo y tienen razón. ¿Tendrán? Negros de la prosa y anónimos del papel, sólo somos La Poderosa, Che Guevara y Miguel.

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