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Hombre de palabras



Roberto Fernandez RetamarDesde chiquito las letras de Martí y sobre Martí le entraron por los ojos y se le hicieron parte del cuerpo. Así, temprano supo, como la Revolución, que también había que liberarse del colonialismo cultural que regala, aunque siempre vende, esas otras letras, palabras o imágenes que nos entran por las retinas o los oídos y, también, imperceptiblemente se nos hacen parte del cuerpo, queriendo taparnos para que escuchemos y veamos sólo lo que ellas dicen y muestran, pretendiendo atarnos una mano o acalambrarnos las piernas, y buscando despertarnos cuando soñamos andar por un camino no predicho ni previsto. Por eso, Roberto Fernández Retamar siempre luchó, y sigue luchando con su poesía, por una reflexión y una literatura desde acá, desde Latinoamérica, desde la Casa de las Américas, para que podamos ver con nuestros propios ojos, escuchar con nuestros propios oídos y vivir con nuestros propios cuerpos: abrirnos paso para hacer los mundos y los sueños, aunque los satisfechos, los lindos, los que ganan, los vendedores y sus compradores, sin acentuarlo, nos tilden de anormales como si fuera un insulto, y quieran convencernos de que hay un solo mundo posible que ya está hecho, y de que los sueños, sueños son.

Felices los normales

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Hombre de palabras.Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta
.

Roberto Fernández Retamar.

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