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El Che y Fidel en Julio



cortazar-rayuelaSiempre escribió realidades alternativas a la razón instrumental capitalista, haciéndonos ver que muchas veces la que se presenta como “la” realidad, en realidad, es “una” realidad, que se puede leer de corrido, a las corridas, sin reflexión, o que se puede interpretar deteniéndose, interviniendo en algunos capítulos, saltar a otros con uno o dos pies, para pensarlos, repensarlos y volver, recién después, a los que por la lógica impuesta hubieran sido los lógicos correlativos. Revolucionó su práctica específica, desde su posición histórica, sabiendo y haciendo saber que las revoluciones no pueden importarse; militando e interpretando al marxismo desde un tiempo y un lugar concreto, sin buscar transplantar lejanas experiencias a las fértiles tierras latinoamericanas; y consciente de que no podría haber verdaderas revoluciones respetando las cercas trazadas por las fronteras que le sirven al sistema que segmentó nuestras tierras. Por eso, estaba convencido de que toda revolución debe tener “características propias” y trascender los nacionalismos. Eso lo llevó a afirmar su “solidaridad con la Revolución Cubana” que irradia hacia la patria latinoamericana. Eso justifica su identificación con Fidel y el Che. Todo eso, también, fundamenta que nos identifiquemos con Cortázar, quien en 1969 escribía:

El Che y Fidel en JulioMi ideal del socialismo no pasa por Moscú sino que nace con Marx para proyectarse hacia la realidad revolucionaria latinoamericana que es una realidad con características propias, con ideologías y realizaciones condicionadas por nuestras idiosincrasias y nuestras necesidades, y que hoy se expresa históricamente en hechos tales como la Revolución Cubana, la guerra de guerrillas en diversos países del continente, y las figuras de hombres como Fidel Castro y Che Guevara. A partir de esa concepción revolucionaria, mi idea del socialismo latinoamericano es profundamente crítica.

Mi solidaridad con la Revolución Cubana se basó desde un comienzo en la evidencia de que tanto sus dirigentes como la inmensa mayoría del pueblo aspiraban a sentar las bases de un marxismo centrado en lo que por falta de mejor nombre seguiré llamando humanismo. No sé de otra revolución que haya contado con un apoyo más entusiasta de intelectuales y artistas, naturalmente sensibles a esa tentativa de afirmación y defensa de valores humanos a partir de una justicia económica y social. Para un intelectual que poco sabe de economía y de política esa coincidencia entre hombres como Fidel, el Che, y la enorme mayoría de los escritores cubanos (para no hablar de los intelectuales extranjeros) era el signo más seguro de la buena vía; por eso siempre me inquietaron -y me siguen inquietando- los conflictos que pueden darse en Cuba o en cualquier otra revolución socialista entre la plena manifestación del espíritu crítico revolucionario y otras tendencias más «duras» (quizás inevitables, pero también superables, pues eso y no otra cosa es una dialéctica bien entendida) que busquen en el intelectual una adhesión a ras de trabajo cotidiano, un mero magisterio más que una libre y alta creación de valores. Entiendo que un revolucionario (intelectual o guerrillero, pensador o ejecutor o ambas cosas, poco importa en este caso) está obligado a luchar en dos frentes, el exterior y el interior, es decir, contra el capitalismo que es el enemigo total, también contra las corrientes regresivas o esclerosantes dentro de la revolución misma, los aparatos burocráticos tantas veces El Che y Fidel en Juliodenunciados por Fidel Castro, esa barrera de la que creo ya hablaba Marx y que paulatinamente va aislando a los dirigentes del pueblo.

Puesto que he citado a Cuba, quisiera que se entienda, que mi adhesión a su lucha revolucionaria nace de que la creo la primera gran tentativa en profundidad para rescatar a América Latina del colonialismo y el subdesarrollo. Mi compromiso personal e intelectual rebasa nacionalidades y patriotismos para servir a la causa latinoamericana allí donde pueda ser más útil. Desde Europa, donde vivo, sé de sobra que es preferible trabajar en pro de la Revolución Cubana que dedicarme a criticar el régimen de Onganía o de sus equivalentes en el Cono Sur, y que mi mejor contribución al futuro de la Argentina está en hacer todo lo que pueda para ampliar el ámbito continental de la Revolución Cubana. Lo he dicho muchas veces, pero habría que repetirlo: el patriotismo (¿por qué no el nacionalismo, en el que tan fácilmente desemboca?) me causa horror en la medida en que pretende someter a los individuos a una fatalidad casi astrológica de ascendencia y de nacimiento.

Tal como veo las cosas hoy en día, lo poco que puedo hacer en favor de ese movimiento de fondo lo estoy haciendo a mi manera en pro de la Revolución Cubana. Y cuando voy a Cuba lo hago con fines concretos que no tendrían equivalentes válidos en la Argentina actual. Tiene un objetivo capital: la lucha contra el imperialismo en todos los planos materiales y mentales, lucha que desde Cuba y por Cuba sigue proyectándose sobre todo el continente, no sólo a nivel de la acción, que llega al martirio en las selvas de Bolivia, en Colombia y Venezuela, sino en las ideas, los diálogos entre intelectuales y artistas de todos nuestros países, la infraestructura moral y mental que acabará un día con el gorilato latinoamericano y con el subdesarrollo que todavía lo explica y hace su triste fuerza.

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